Mieza a


Canción de la Aceituna    

Apañando aceituna
se hacen las bodas
el que no va a aceituna
no se enamora.

A apañar aceituna
me han invitado
y un anillo de boda
me han regalado.

Apañar aceituna
dicen que es vicio
sentadita a la lumbre
la que lo dijo.

Para ir a aceituna
tocan un cuerno
esta es la contraseña
para ir el pueblo.


Para ir a aceituna
llevan merienda
llevan pan y cebolla
y morcilla fresca.

Para beber ya llevan
agua de cubas
pa que no se caigan
con la aceituna.

“Pa” ganar siete perras
a la aceituna
te levantas al alba 
y hasta la luna.

Las mocitas de Mieza
crian colores
porque suben y bajan
los reventones. 


El olivo y el hombre
son pareados
“cuanti” más hojarasca 
fruto más vano.

Mujeres y aceitunas 
son todo uno
tienen la carne blanda 
y el hueso duro.

 

Las aceitunas de Mieza eran famosas. Se voceaban en toda la provincia de Salamanca y más allá.
Aceitunas negras, carnosas, aderezadas con tomillo salsero, ceniza, ajo y cáscara de naranja.

Esta canción fue recogida, aunque no en su totalidad, a principios de siglo, por don Dámaso Ledesma, 
organista de la Catedral de Salamanca, que obtuvo el premio de la Real Academia de Bellas Artes de 
San Fernando por su colección de Cantos Populares Salmantinos.  

 La Salve de los frailes de "La Verde"


     Cuentan que en la antigüedad, a los frailes malos y rebeldes los encerraban de por vida en conventos-cárceles. Se cree que el convento de “La Verde” era uno de ellos. Estaban tan apartados de toda civilización, que se llegaba a éstos tras muchas horas de camino por unos caminos tortuosos a lomos de amaestradas mulas. Quien era recluido en uno de estos sitios no salía de él jamás. Los frailes confinados en “La Verde” ocupaban su tiempo entre rezos, la pesca en el río y el trabajo en la huerta que habían hecho a la orilla del río. Ahogaban las penas de su interminable destierro cantando a todo pulmón los salmos y plegarias rituales. Desamparados de todos, recurrían a la Madre del Cielo cantando la Salve diaria con mayor fervor e intensidad que otras canciones; tanto es así, que aseguran que se les oía nítidamente desde las peñas del “Reventón”, por lo que se le puso a una de éstas “La Peña de la Salve”. Hasta los frailes llegó el extraño fenómeno y se alegraron de que alguien les oyera en la tierra. 
     Tres orondos frailes del convento eran los más malos y difíciles de manejar. El superior ya no sabía a qué penitencias recurrir para tratar de cambiarlos. Un día, después de cometer la falta más gorda, fueron ellos mismos quienes se pusieron la penitencia y consistió en ir andando a aquella peña desde donde, decían, se oía su canto de la salve. Emprendieron la subida del “Reventón” con sus pesadas humanidades. Maltrechos y agotados, ya cerca de arriba se sentaron en una gran piedra en el momento en que empezó la Salve a desgarrar el sublime silencio de los “Reventones”. 

Transfigurados y transportados a otra dimensión, permanecieron arrobados oyendo el canto, perdiendo totalmente la noción del tiempo. Cuando volvieron en sí mismos, se levantaron de la peña en que habían estado sentados y sus orondas posaderas habían formado un hueco en ella. Subieron hasta “la Peña de la Salve” y se admiraron de no ver nada, de no oír a nadie, si se exceptúa el robusto y alto ciprés que vigilaba el cementerio. Regresaron al convento y no encontraron a ninguno de los suyos, aunque la huerta estaba cultivada. Los tres frailes no duraron en vida mucho tiempo. Se dieron sepultura entre ellos en el viejo cementerio del convento y el último pidió al hortelano que le enterrara donde los demás. Así es como con ellos terminó la existencia del convento-cárcel de “La Verde”.


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