Mieza a


Una boda en la Ribera


  No va de cuento. Ocurrió hace, digamos, ochenta años. Un hombre y una mujer, jóvenes ellos y vecinos del mismo lugar, decidieron unir sus vidas. Hoy en día vemos con bastante frecuencia en las revistas llamadas "del corazón", reportajes gráficos en su mayoría, que las gentes ven y comentan; también la televisión habla de ello, pero para el tiempo las páginas de las revistas, manoseadas y deterioradas, se arrastran por los sucios suelos de las calles, son pisoteadas y alguna puede que ensaye un débil vuelo al impulso de una ráfaga de aire, y lo que se vio en la televisión se olvida suplantado por otras noticias más recientes e importantes, pero este caso, que no podrá ser recordado por muchas personas que vivieron, porque pasaron a mejor vida, quizás haya alguien en aquel entonces muy joven o pariente de los contrayentes que al mencionarlo lo recuerde porque les tocó de cerca; pero este día que ellos vivieron ilusionados, que no tuvo reportaje gráfico ni televisivo, ahí lo tenemos inmortalizado, porque un hombre testigo del evento, ducho en letras, tomó la pluma en sus manos y lo recogió en un relato, que poco tiempo después fue presentado a un concurso literario, "Juegos florales" se llamaba entonces y tuvo la satisfacción de recibir un premio. Es quizás demasiado extenso para transcribirlo íntegro aquí, por eso y aunque con menos maestría que el escritor trataré de darlo a conocer y que sirva de recuerdo a esos contrayentes, parientes míos, y como homenaje al autor de mis días, que aunque no era vecino de Mieza, tuvo siempre gran aprecio por la patria chica de su esposa, que fue mi madre.

  Titula el relato "Una boda en la Ribera" y comienza con la descripción del viaje que empezó en la estación de Salamanca de entonces, ferrocarril del Oeste que explotaba la línea férrea de Salamanca a Barca de Alba (hoy como sabéis sin servicio), llegando a la estación de Lumbrales a las diez y media de la mañana, para, dejando el incómodo asiento ferroviario meterse en un "cascarón de nuez" cuyo dueño, en un exceso de amor propio llamaba pomposamente "coche de viajeros" (copio literalmente) y con cierto temor de que ocurriera algo desagradable por lo destartalado del carruaje, pero parece ser que el conductor era un experto y conocía bien el camino y lo que tenía que hacer, aunque algunas veces se viesen viajeros obligados a bajar del vehículo (dejar el ascensor dice el relato) y subir a pie la aterradora cuesta que se les presentaba delante. A continuación va describiendo con ágil pluma la inmensidad del paisaje, mudo, triste, donde no se ve ni un hombre, ni una sombra y sólo, de tarde en tarde un árbol o una planta y a lo lejos, rocas de caprichosas formas, todo árido y como si no perteneciera a este mundo hasta que llegan al puente "Resbala" como nota anacrónica en la severidad del paisaje, (entonces recién construido). Pasado el puente y por una menguada carretera que parece un camino vecinal, llegan a Saldeana, en cuyas proximidades se suaviza el paisaje y la tierra toma un alegre color verdoso. El coche va más ligero y pronto llegan a Barruecopardo, para después de un descanso, reanudar el vieja y esta vez en caballería, mulos o pollinos, pues el sendero, estrecho y tortuoso, no permite otro medio de locomoción. Al cabo de una hora Cerezal y atrás queda el picacho de Peñahorcada, atalaya de toda la comarca, y ya camino de Mieza entre polvo y zarzales, terminó el viaje, y allí, la paternal acogida de los buenos parientes que esperan y el buen yantar de suculentos manjares, todo de la tierra y casero para reponer fuerzas del largo e incómodo viaje y la tía Josefa que cariñosamente invita sentaivos hijos que vendréis rendíos de gatear por esos caborzos. Comei esas anguiletas que entavía no hará dos horas que vuestro tío las trujo del Cachón (copio literalmente) y si no vos gustase el aderezo, ahí tenéis ese jamón y demás el chorizo, que es de confianza y se embute mejol. Hala, echai mano a la cuchar y a comer se ha dicho, hasta que interrumpe el tío José que dice autoritaria y bondadosamente" Alto que ahora hay que echai una pinga". Bebe él y alarga a los demás mientras pondera la bonanza de la bebida y entre trago y trago se va dando cuenta de las viandas. Y ya terminada la comida entra en el portalón un grupo de mozos presididos por un hombre de mayor edad que saluda sombrero en mano a todos los presentes y dirigiéndose a ellos dijo con estas o parecidas palabras (copio literalmente) "A lo que vengo, vengo. Ya sabréis que mañana, si Dios quiere, se amarida mi sobrino Manuel con la su prima Manuela, y yo como padrino tengo gusto de condidaivos a la iglesia y a todo. Luego habló el novio que dijo ceremonioso y serio "el mismo gusto tenemos mis padres y yo, y quisiéramos nos acompañarais todo el día".

  Después tomo plaza el jarro de vino brindando por todos los presentes y ausentes. Después le tocó el turno a la novia y madrina alhajada y peripuesta como un festivo día. La escena se repite y dice la madrina "nosotros venimos a lo mesmo". Y después de comer unas rosquillas y echar una pinga salieron haciendo sin embargo un alto a fin de no quebrantar el protocolo, que a lo que parece prohibía terminantemente que ambas comitivas coincidieran en el mismo punto.

  Y para que vean cosa buena, van después los forasteros a casa de la novia donde habrá de celebrarse el ágape nupcial, donde con asombro ven y admiran cantidad de viandas tan sustanciosas y variadas que le hacen a uno pensar en las "Bodas de Camacho" y ante su asombro la mujerita que andaba con ellas les dijo muy convencida que en los días que dure la boda y la torna boda se ha de comer todo y no quedará nada.

  Y llegando el día siguiente, día de la boda bien de mañana han de abandonar el lecho despabilados pues una alegre alborada gaitosa tamborilera y la bullanga juvenil que llega desde la calle, y les espera un desayuno más que frugal del que toman un buen tazón de chocolate y un buen vaso de leche recién ordeñada a más de unos almibarados y frescos higos traídos expresamente de los vergeles de la Verde aquella misma mañana.

  El pueblo está de fiesta y fiesta grande pues la boda es rumbosa y está invitado casi todo el vecindario y como es tradicional el gordinflón y simpático Elías que tamboril al brazo va despertando a los convidados para conducirlos a casa del novio, después a buscar a los padrinos para, todo el cortejo unido, ir a buscar a la novia y todos ya se dirigen a la Iglesia con el tamborilero a la cabeza y después de las ceremonias de ritual en la puesta entran todos en el sagrado recinto y comienza la misa cantada todo ingenuidad y poesía, tomando parte en la misma unos cantando los Kyries, otro el Incarnatus, aquel otro el Sanctus y todos se muestran sin dobleces, sin impurezas y con un solo orgullo: el de su arraigada fe religiosa.

  Y terminada la función religiosa vinieron luego los convites, en primer lugar en cada de los padres de la novia, donde entre otros dulces se encuentran las obleas, de la que hay que tomar dos precisamente - ni más ni menos - una oblea se tomaba en nombre del padrino y la otra era obsequio de la madrina y el consiguiente traguito de vino después.

  Y a la hora prevista, la comida, haciendo honor a todas aquellas viandas que admiraron el día anterior y para postre el arroz con leche -obligado postre en estos festejos- y después las amigas de la novia caldean el ambiente y emocionan con las coplas que tienen preparadas.
  Las hay de mera urbanidad y cortesía:

Con el permiso de ustedes
entramos en esta sala
a darle la enhorabuena
a nuestra amiga del alma.

  Otras de advertencia cariñosa y exposición de méritos de la recién casada:

Mira novio que la llevas
bien vestida y bien calzada
bien querida de sus padres
y también de sus hermanos.

  Otras suplicantes e invocadoras de los buenos sentimientos del cónyge:

Cuando tocaban a misa
tus padres te la entregaban
pidiéndole mucho a Dios
que no se la maltrataras.

  Galantes y aduladoras como ésta:

Que viva la guisandera
y el señor tamborilero
y que vivan los que están
en esta mesa comiendo.

  Todas ellas seguidas del siguiente estribillo:

Y los padres que allí están presentes
tristes y obedientes
la dejan marchar
a una hija que tanto han querido
y con tanto gusto
la han dado el pan.

  Terminados los cantos se despiden las mozas y se da por terminado el ágape y vino después el baile donde bailó hasta el gato y el humilde cronista para no desaviar a la novia a la que tiene la obligación de espigar o sacar a bailar todos los convidados. No faltó el baile de la rosca. Le llegó el turno a la convidada, donde hay chochos hasta cansar y rosquillas y las consabidas dos obleas y la pinga para pasar todo ello, y después la cena, segunda parte de la comida, donde ya las gentes parecen cansadas de tanto comer. Volvió después de la cena el baile hasta la media noche en que terminó el jolgorio y a descansar que al día siguiente hay que regresar a la ciudad por cuyo motivo no pudieron asistir a la toma boda siguiente. Y termina el relato con el envío. [...]

C. S.   


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