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En estos días de verano cuando andaba tras esta serie de relatos para llenar de alguna manera el Programa de Fiestas de cada año, siempre te encuentras con alguna noticia dramática sobre el efecto terrible de una tormenta.
Entonces me vino a la memoria aquella que nuestros padres llamaban como de “La Pimporra” pues por lo visto esta señora había vaticinado que cuando ella se muriera pasaría algo gordo.
Cuentan que el pueblo se convirtió en un mar en el que las aguas embravecidas se llevaron con ellas todo cuanto encontraron a su paso. Para explicar su ímpetu y fuerza se fijaron en un detalle: la gran rueda de molino que estuvo muchos años donde se halló el molino de aceite más viejo, la levantó del sitio y la arrastró hasta donde encontró un freno infranqueable. No se ha hablado nunca, que yo sepa, de desgracias personales. Algunos destrozos en el campo fueron irreparables para siempre. Fincas muy productivas, bien preparadas y explotadas quedaron como un desierto, el agua de la regata próxima arrancó los árboles frutales y se los llevó hasta el río junto con el manto de tierra buena dejando sólo arena y piedras.
Mi abuela materna nos contaba que los bisabuelos poseían una hermosa huerta en el camino de la Aceña, cerca del arroyo del mismo nombre y la crecida de éste se lo llevó todo.
Es posible que en cada casa del pueblo pudieran recoger recuerdos como este de la furia de las tormentas de verano. Ni las grandes troneras, ni los amplios desagües que recorrían el pueblo de arriba abajo, explorados por los rapaces en nuestro afán de aventuras, fueron capaces de recoger la gran cantidad de agua caída en un momento.
Dios quiera que aquél suceso sea ya sólo un vago recuerdo que no se repita más. Hoy quizá lo tuviéramos más difícil. Aquellas troneras y desagües han desaparecido y en su lugar han quedado unos simples registros. Si entonces no se consiguió recoger el agua, ahora menos.
También han desaparecido las célebres bombas granífugas que se guardaban y tiraban desde el cementerio.
ÁNGEL
"EL CLAUDINO"
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