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Este personaje público era un verdadero “coco”, una especie de “tío del saco” para la rapacería que en el tiempo de la maduración de las uvas y de las almendras correteábamos por el camino de la
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Allí estaba domingo tras domingo, sentado o apoyado en la pared de las primeras viñas del pueblo esperando el paso de la gente menuda con su cara seria y dura mirada inquisidora, advirtiéndonos que desde allí éramos vigilados constantemente y que no se nos ocurriera entrar en ninguna viña o tirar piedras a “las almendreras” para caer su fruto.
El montaraz o los montaraces eran los guardianes de los bienes producidos por un campo entonces bien cultivado que competía con el de otros pueblos en variedad y abundancia. La autoridad competente le daba las atribuciones consiguientes para defender esta rica fruta de los vecinos con manos demasiado largas y de los daños producidos por los animales sueltos y las tormentas veraniegas.
Su tarea principal consistía en recorrer el término municipal, generalmente lo llano, en busca de los amigos de lo ajeno. Una especie de policía municipal rural.
Los delincuentes más sumisos eran los animales, conducidos al Corral de Concejo. Los de dos patas le buscaban siempre las vueltas y se salían con la suya en la mayoría de los casos, razón por la que su trabajo se hallaba siempre cuestionado y en entredicho. Si no había sospechas fundadas y denuncias firmes, su tarea la realizaban por el día.
Su fama de trabajadores y eficaces no debía ser de muy buena, en general, por aquello del dicho: “eres más vago que la chaqueta de un guarda”.
Los primeros días después de su nombramiento, para que los parroquianos se enteraran de su condición, llevaba una placa de cobre o bronce con una inscripción alusiva, supongo, al cargo ostentado. Una ancha correa pasaba por sus hombros en bandolera, de tal forma que la placa se mantuviera fija a la altura del pecho y ser vista por todos.
Si él trabajaba y cuidaba por el día, los afanados de lo ajeno lo hacían por la noche. La pregunta se comprende y su misión llegó a desaparecer con la jubilación de quién la ejerciera por última vez.
Ahora por lo visto no hay muchas cosas que guardar en un campo que con el paso de los años se va quedando abandonado y perdido, cada vez con menos gente porque unos emigramos en busca de mejores condiciones de vida y otros se van muriendo por la ley inexorable de esta nuestra existencia.
ÁNGEL
"EL CLAUDINO"
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