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Recuerdos entrañables

Lugares públicos: el salón de baile


  Posiblemente para muchos este lugar público carezca de importancia y le suscite malos recuerdos de amores no correspondidos o de ilusiones frustradas por unos intereses demasiado calculados y egoístas.
  Si sus paredes hablaran nos contarían grandes secretos celosamente guardados, amores imposibles y desengaños.
  Era el lugar, destinado por consenso general, para una relación estrecha y necesaria entre mozos y mozas, dentro de las estrictas y rígidas normas morales impuestas por la religión. De velar por su cumplimiento se encargaban algunos ojos de mirada inquisidora que avizores tras las ventanas de la calle seguían invariablemente el desarrollo de la sesión de baile domingo tras domingo y fiestas de guardar.
  ¡Qué largos se hacían los años de la adolescencia hasta que un día por primera vez eras ya mayor para entrar en el baile!
  En esta edad sólo interesaba el baile por el baile, había que empezar aprendiendo los primeros pasos al ritmo correcto que pedía la música, antes tamboril y luego gramola, acordeón y tocadiscos. Se pedía aun pariente cercano mayor y ya bien entrenado que nos dedicara unos minutos cada domingo para enseñarnos y aguantar estoicamente los inevitables pisotones. Como en todo los había más espabilados y más torpes: quién con unas pocas sesiones enseguida se desataba, los duros de oído musical necesitaban más tiempo y excepcionalmente algunos después de innumerables pisotones y clases sin resultado, se retiraban del ambiente desanimados, cambiando el salón de baile por la barra del bar contiguo.
  Terminada esta primera parte de forzoso aprendizaje, seguros de sí mismo, animados por alguna copa y varios vinos, se comenzaba a entrar en ambiente y a flirtear.
  Alguna fuerza interior inexplicable para nosotros, nos impulsaba y ponía alas en nuestros pies, en nuestro ingenio de animar y sostener.
  El éxito de este juego y el ligue consiguiente era proporcional a las cualidades naturales propias y las posibilidades heredadas. A quienes la naturaleza les había distinguido de una aceptable presencia física, no le faltaban las solicitudes durante toda la sesión de baile. La norma no escrita obligaba a estos a responder afirmativamente a sus admiradores a razón de dos bailes como máximo para cada uno. Los menos afortunados se podían pasar la mayor parte del baile en blanco.
  Con los años, invariablemente se formaban las parejas de novios, siempre con el consentimiento previo de las familias respectivas que no ocultaban su lógico interés por juntar "mojones", partidos necesariamente en sucesivas herencias de familias numerosas y nada pudientes.
  ¡Qué ratos más agradables e inolvidables se pasaron en este recinto, cuántas ilusiones, ideales, arrebatos e impulsos juveniles inagotables!

Ángel "El Claudino"    


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