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En el lugar de Mieza, tierra de Ledesma, refiere el Padre Fr. José de
la Cruz que había una mujer hidrópica en tal estado que el vientre se le
subía monstruosamente sobre la cara. Imposibilitada de poder moverse,
pidió el agua de Santa Marina y llevándola y bebiendo en ella en breve
tiempo se fue enjugando y desapareciendo aquella horrible hinchazón y
quedó buena y sana, para venir a este Convento a dar gracias a Dios y a
su valedora Marina. También refiere de otra mujer enferma de la misma
enfermedad y se puede excusar el repetirlo.
En estas enfermedades de calenturas y tísicas son tantas las experiencias que ya no se hace caso porque todos los días se están
experimentando admirables progresos. En casos funestos y desgraciados fracasos se manifiesta y admira cada día la protección y
virtud de nuestra Santa Marina. |

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D. Pedro Hernández, presbítero, beneficiado y cura propio del lugar de Mieza por espacio de 66 años; hombre de todas prendas a quien varias veces oí decir que toda su vida había padecido este trabajo de dolor de cabeza y aunque había experimentado en él varias medicinas no había hallado remedio eficaz, sino meter la cabeza en el agujero de la Peña de Santa Marina y que cuando era mozo venía a este sitio sólo a este ministerio en que había experimentado admirables efectos: unas veces quitándose luego y otras aliviándosele sumamente; reconociendo siempre el beneficio obrado en el agujero de la Peña por los merecimientos de la fiel sierva de Dios. Ahora cuando viejo este venerable párroco (cerró la clausura de su vida con cien años) solía decir con su acostumbrada bondad y llaneza: “Ahora que no puedo ir al agujero de la Peña, me favorece Dios por los méritos de mi veladora en darme los mismos dolores, mas tan remisos y llevaderos que claramente conozco que sólo me los da para refrescar la memoria de los beneficios recibidos en la Peña”. Todas son palabras suyas. Yo también puedo certificar que el olor de este agujero tiene virtud para desterrar sombras obscenas e impuras cogitaciones y engendrar puros y castos pensamientos y por último digo que solía decir este venerable y antiguo párroco a sus feligreses: “¿Duéleos la cabeza?, pues recurrid al agujero de la Peña donde hallaréis remedio para esta y todas las demás dolencias”. |