Mieza a


 de la Hornada al Hornazo

   ¿Que cómo surgió el horno en las casas de Mieza? Del mismo modo que la necesidad de comer pan. Cada vecino se las arreglaba para hacer su hornada y preparar el pan de cada día para toda una semana. Eran tiempos de posguerra. Nuestra infancia está alumbrada por recuerdos imborrables, entre los que surge espontánea la fabricación del pan casero. Se contaba en el pueblo con la fábrica de harinas, adonde se acudía para moler el trigo de la cosecha, tan escaso en aquellos tiempos de hambre y familias numerosas. 

   Una vez obtenida la harina, era sometida a la operación del cernido, consistente en  dejar pasar el precioso material a través de la tela tupida de los cedazos, movidos  con agilidad sobre la artesa por las hábiles mujeres, principales artífices de todo el  proceso del pan y que en esta operación terminaban con el pelo blanco por la harina.  De ahí que las mozas recitaran: 

Cuando mi madre amasa, yo me enharino 
para que diga la gente que yo he cernido

   Seleccionada la harina, se hacía la masa del pan, que había que mezclar con una levadura casera eficaz llamada “yelda”. De vecino en vecino corría ese plato húmedo y enharinado, separado de la masa anterior, a fin de contar con el fermento para el pan. Con la ayuda del agua caliente se conseguía ir formando los futuros panes redondos. 
El horno, durante estas operaciones, se iba preparando con la quema de piornos y escobas secas hasta conseguir calentar el espacio cerrado, cuya chimenea de entrada servía de aliviadero del humo y del calor. Las buenas amasadoras ya sabían cuándo había que limpiar el recinto redondo, para depositar con una larga pala de madera, cada uno de los panes para cocerlos. Un tiempo prudencial y se abría la boca del horno para contemplar la hornada de redondos y dorados panes. Pero para comerlos había que esperar a que se enfriaran sobre una larga tabla o una cama de bálago. Para empezar se consumía el bollo grande, que se habría casi húmedo y se enfriaba con vino y azúcar. La fiesta del pan diario estaba servida y los panes, bien asentados, duraban hasta la nueva hornada. 
A veces se hacían filigranas de pan, como las rosas sembradas de anises y comino, para ofrecer a la Virgen en su día. O el famoso hornazo, que se preparaba como condumio de gala para las meriendas del día del día de la Pascua florida. 
 

 
 Domingo de Pascua

   Desde tiempos remotos ha existido la costumbre de ir al campo a comer la merienda el Domingo de Pascua, costumbre que existe en muchos lugares; pero hay variaciones con respecto al día, como el Lunes de Aguas en Salamanca o el segundo día de Pascua en otras zonas.

   En Mieza, antiguamente, cada familia o pandilla de amigos elegía lugares distintos del término municipal para merendar. Se ocupaban fincas o prados propios. La costumbre fue cambiando, y desde hace varios años los vecinos del pueblo empezaron a ocupar las amplias y preciosas zonas del Carrascal. El camino que conducía hasta allí, de unos cuatro kilómetros, se ha arreglado; y así, lo que se inició con un simple día de merienda en el campo, se ha convertido en una auténtica romería, en la que participa todo el pueblo.

   Llegados a este hermoso lugar, cada grupo se aposenta en la parcela que ha elegido, generalmente la misma cada año, organiza y despliega todos sus bártulos y se inician los preparativos para encender la fogata. Lo típico es preparar una rica paella, seguida de cordero asado, panceta, costilla y embutido casero, para terminar con una buena empanada y sobre todo, el típico y riquísimo hornazo, tradicional en estas fechas desde tiempo inmemorial. Todo ello acompañado con el sabroso vino de nuestras cepas, envasado en las botas bien curadas, que dan al exquisito caldo un sabor especial, saboreado en chorro largo en tiempo y espacio. 

 

A medida que se va terminando de comer, se inicia un hormigueo en todas direcciones. Los instrumentos musicales, destacando la flauta y el tamboril, empiezan a sonar. El público se va reuniendo en torno a las charangas. Suenan la jota, las canciones típicas de la tierra, bailes movidos y trepidantes, que enardecen a los danzantes y poco a poco aquello se convierte en un auténtico batiburrillo de color, sonido y juerga por todo lo alto.


volver