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Una vez obtenida la harina, era sometida a la operación del cernido, consistente en
dejar pasar el precioso material a través de la tela tupida de los cedazos, movidos
con agilidad sobre la artesa por las hábiles mujeres, principales artífices de todo el
proceso del pan y que en esta operación terminaban con el pelo blanco por la harina.
De ahí que las mozas recitaran:
Cuando mi madre amasa, yo me enharino
para que diga la gente que yo he cernido
Seleccionada la harina, se hacía la masa del pan, que había que mezclar con una
levadura casera eficaz llamada “yelda”. De vecino en vecino corría ese plato húmedo
y enharinado, separado de la masa anterior, a fin de contar con el fermento para el
pan. Con la ayuda del agua caliente se conseguía ir formando los futuros panes
redondos.
El horno, durante estas operaciones, se iba preparando con la quema de piornos y
escobas secas hasta conseguir calentar el espacio cerrado, cuya chimenea de
entrada servía de aliviadero del humo y del calor. Las buenas amasadoras ya sabían
cuándo había que limpiar el recinto redondo, para depositar con una larga pala de
madera, cada uno de los panes para cocerlos. Un tiempo prudencial y se abría la boca del horno para contemplar la hornada de
redondos y dorados panes. Pero para comerlos había que esperar a que se enfriaran
sobre una larga tabla o una cama de bálago. Para empezar se consumía el bollo grande, que se habría casi húmedo y se enfriaba
con vino y azúcar. La fiesta del pan diario estaba servida y los panes, bien asentados,
duraban hasta la nueva hornada.
A veces se hacían filigranas de pan, como las rosas sembradas de anises y comino,
para ofrecer a la Virgen en su día. O el famoso hornazo, que se preparaba como
condumio de gala para las meriendas del día del día de la Pascua florida.
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