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Siempre lo conocí mayor. Ya muy viejecito le pedí allá en
tierras de San Sebastián que me tarareara la música de la misa
mayor cantada invariablemente por el coro de hombres los
domingos, para recogerla y así conservarla. No logré mi
empeño por dificultad de ambos, pero me valió como recuerdo de
su persona y actividad que hoy quiero proponeros.
Su formación en un convento le hizo entendido en los latines y
música. Su memoria también era prodigiosa y digna de admirar.
En los funerales apenas miraba el libro de los "recordeles"
y cantaba misa de difuntos de memoria y de corrido. Asimismo, el
viejo armonio lo tocaba de oído y de forma aceptable para la
categoría del pueblo. Los momentos de más emoción, aparte de
la misa cantada con su "incarnatus" cantado por
solistas con voz privilegiada que sobresalían en el coro de
hombres, recordados por todos, son seguramente la s fiestas
navideñas, la misa del gallo y la semana santa, el
"miserere" y las "tinieblas" de viernes
santo. Era el alma del coro tanto de hombres como de rapaces.
Gracias a un pequeño cuaderno escrito de su puño y letra hemos
logrado rescatar del posible olvido los villancicos que él
había dirigido y enseñado. Por desgracia, la música no iba
junto a la letra, por lo que hemos de cantar de oído y según
lo recuerdan las personas mayores, muy en concreto, una de sus
hijas.
Como el oficio de sacristán no daba para mucho y como es
habitual en el pueblo, lo alternaba con el trabajo en el campo.
Así, en alguna ocasión, olvidándose de que había programado
un funeral importante y cantado, se iba a arar tranquilo.
Alguien, ante su tardanza, lo debía ir a buscar ala finca y
recordarle la importancia del acto religioso.
Para él era especialmente penoso el culto de algunas tardes,
después de un día de arduo trabajo agrícola. Esas largas y
abundantes novenas: a San José, a Santa Teresa, en Los Santos,
a San Antonio, al Corazón de Jesús, la Virgen del Carmen,
etc... y los interminables rosarios vespertinos, en la
semioscuridad de la tarde-noche, con una sola bombilla en toda
la iglesia, producían en su cuerpo cansado un inevitable sopor
que se traducía con frecuencia en segundos de transposición
que alteraban el normal ritmo del acto litúrgico que el
conducía, con el consiguiente enfado de las beatas más
intransigentes y el comentario jocoso de la la mayoría de los
concurrentes.
Su voz salida de una boca ya sin dientes era característica
también y era muy difícil entender lo que cantaba por la
rapidez y costumbre que había cogido.
Exigente y fiel a su trabajo, sólo lo jubiló la edad y las
dificultades lógicas para seguir desempeñando las tareas
habituales de este cargo y las suyas propias.
Desde entonces, el viejo armonio ya totalmente desafinado duerme
en un rincón de la sacristía el sueño final.
Otro oficio relegado al recuerdo, pues ya nadie cogió el relevo
ni usa ese gran rosario de "bogallos" que todavía
andará rondando por algún sitio, can el que desgranaba
"avemaría" tras "avemaría" y el
reclinatorio donde descansaban sus rendidos huesos y sus cabeza
falta de horas de sueño.
Todo ha quedado atrás y se fue sin remedio con estas personas
irrepetibles y únicas.
Tanto han cambiado las cosas en los años transcurridos que
ahora, necesariamente, se ha de andar de prestado para un
mantenimiento mínimo de lo que antes fue, gracias a esta
persona y su actividad, un culto litúrgico rico y variado.
ÁNGEL
"EL CLAUDINO", septiembre 2002
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