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Me gusta mi
pueblo, Mieza. Entre otras razones porque tiene Taras, Tararos y
Tirariras. Todos los apodos o motes tienen "ese
aquel", que decían las abuelas refiriéndose a cada
persona.
"En tiempos de los apóstoles - eran los hombres tan
bárbaros - que se subían a los árboles - a coger
pájaros". Y en otros tiempos a los rapaces que "daban
guerra", que se subían a los árboles a coger nidos,
corrían por las calles, tiraban piedras a los perros y a los
gatos, cazaban lagartijas en las lastras de La Majá, saltaban
por las paredes de las cortinas, se peleaban y golpeando
rabiosamente un puño contra otro se insultaban con los motes de
familia, ¡Farruco, Farruco!... ¡Tirarira, Tirarira!... ¡Pina,
Pina!... ¡Morcajo!..., la mejor manera de tenerlos seguros era
llevarlos a la escuela.
Nuestro rapá era travieso y la madre quería verse libre
de él para poder hacer la comida (y al lado de la lumbre
corría peligro, para ir a lavar a la Pocita, a buscar un brazao
de herrén al camino Barrueco, a buscar una oveja parida a Los
Barrancos, a llevar la comida al su hombre "pa"
Las Casinillas, a...
Su madre decidió llevar a este travieso mocoso a la escuela.
Antes, lo lavó, le hizo sonar los mocos, lo peinó, le colocó
bien los tirantes y le puso las chancas más nuevas. Era el mes
de febrero y corrían los primeros años del siglo XX.
La escuela estaba situada encima de la cárcel, adonde se
accedía por unas escaleras de piedra sin barandilla detrás del
Ayuntamiento, que estaba en el piso superior. La madre no debía
tener muchos arranques para llevar su retoño a la escuela, o
tal vez temía que el maestro no lo admitiese. El caso es que en
medio de la Plaza dijo:
- Anda ves pa la escuela, tocas la puerta y
entras.
El niño, que no sabía de miedos ni de
vergüenzas, "pallá" se fue e hizo como su
madre le había dicho. Tocó a la puerta y esperó. Otro
muchacho la abrió y el maestro, al verlo "plantao"
en la puerta, le preguntó:
- ¿Qué quieres?
- Mi madre me mandó pa a escuela y me dijo "que-entara".
- ¿Qué...? - preguntó el maestro.
- "Que-entara".
- "Que-en..." - repitió el
maestro con extrañeza.
- tara
- Ah, con que tara, ¡eh! ¡Ay, tara,
tara! Bueno, pues entra, Tara.
Los niños, que suelen ser crueles con las
debilidades de otros muchachos, lo bautizaron "El
Tara" y así renació: Manuel, "El Tara".
Y heredero directo Ángel, El Tara.
¡Por muchos años, amigo Ángel!
Para otra hablaremos de mi abuelo José, "El Tío Tirarira"
VENANCIO
PASCUA VICENTE, septiembre 2002
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