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En mi pueblo,
Mieza, había un árbol frondoso de motes: Entre muchos, Taras,
Tararas. Tirariras.... ¿ Quién no ha "tarareado" la canción de
"La
Tarara" que significa toque de trompeta,
mientras que
"tararira" indica alegría bulliciosa? ¿
Y tirarira...?
Todos los motes tenían "ese aquel" que decían las
viejas refiriéndose a cada paisano. Ese aquel que lo
ponían guasones, como el tío Martín el Pina. Y es que:
En tiempos de los apóstÓles// eran los hombres barbÁros
//
Se subían a los arbÓles // a coger pajÁros.
Sí, en aquel tiempo.... la lista de los nombres
propios en uso era escasa por lo cual estos eran muy
repetitivos: José, Quico, Manuel... eran nombres repes
en casi todas las familias. Cada matrimonio solía tener seis
hijos o siete retoños y los hermanos de los padres eran los
padrinos, imponiéndoles el nombre del padre o el del padrino. Y
así era frecuente encontrar tocayos entre padres, hijos y
nietos. entre tíos y sobrinos a los que había que identificar
motejando por características, normalmente censuras peyorativas
por defectos físicos, morales o hechos de la persona. Si
alguien tenía un desliz le colgaban el san benito quedando
grabado para toda su vida. Los motes eran calificativos, apellidos domésticos,
nuevos bautizos que imponía el pueblo con hierro candente. El
mote entrañaba diferenciación, y a veces una pulla;
era el "alias" que marcaba el hierro de la ganadería,
la vitola de torero, El Viti, el Pavesio.... Estos motes eran
para el uso del cotidiano trajinar en el pueblo, ya que el
nombre de pila con los apellidos paternos era para las
solemnidades, bautizo, boda , entierro... Y ¿ quién pinchaba
la divisa del mote?, Nunca faltaba entre trajín y trajín entre
dicho y dicho, el avispado
socarrón del pueblo que metía la pulla y ahí quedaba
la gracia copiada por sus paisanos.
- ¿Has visto a Quico?
- ¿Qué Quico?
Para evitar esta segunda pregunta el primero ya
especificaba : Quico el Tirarira, Quico el Farruco, Quico el
Perancho.
- ¿Has visto a Pepe?
- ¿Qué Pepe?
- El que te la saca y te la mete.
Para evitar estos bajos golpes de efecto el tío Socarrón ponía la divisa a cada cual. Para referenciar a los mayores se le adjetivaba con
" El tío": el tío Chingao o el tío Mejicano, el tío
Rubio, el tío Colorao, el tío Sanchina, el tío Chupa, el tío
Tajarras, el tío Capacho, el tío Caimán, el tío Damáso, el tío
Ninaino, el tío Mazucos, el tío Pertenero, el tío Derechino, el tío
Patagorda, el tío Colleras, el tío Reinito, el tío Lino, el
tío Cagón, el tío Vínculo, el tío Chirolo, el tío
Herrerín, el tío Siempreviva, el tío Sebio, alias el tío
Carajo, la tía Perterena, la tía Pimpolla, la tía Lina,
la tía Capona, la tía Chapalla o la tía Pealera, la tía
Chiquinina, la tía Chirola, la tía Mancollera, la tía
Changarra, la tía Huesitos. Y si era de familia mi tío Urbanito.
El artículo "Los" indicaba la saga del
motejado: Los Saqueros, Los Regatos, Los Sacristanes, los Rengos,
los Calvitos, los Juanos, los Mononos, los Centeninos, los Zacarías, los
Mamacabras, los Resbalas, los Perejiles, los Salaos o las Soñas, los
Gripinos, los Pacos, los Hormigos, los Civiles, los Torreros, los
Chorena, los Calero, los Poros, los Ganguinos, los Patricios, los
Enriques, los Gordos o Jogazos, los Boleros, los Ciegos, los Patateros, los
Viselos, los Moizos. A la gente joven se le despojaba del título,
"el tío" : José el Pinche, Manolo el Maruco.
Pero "El Tío ", ¡ay, amigo! este era el
título del
patriarca : El tío Faroles, el tío Matacanillas, el tío
Lolayo, el tío Antoñin, el tío Ronquilla, el tío
Vicente, el tío Vicente el Cabezo, el tío Cubilano, el tío
Calzaparda, el tío Panzas , el tío Morcajo, el tío
Cantarranas, el tío Cometirerra, el tío Comemigas, el tío
Revilvo, el tío Escolo, el tío Chancas, el tío Enchinador, el
tío Saturnino el Pedrito, el tío Grajo, el tío Necretín. Y
este mote era la herencia que dejaba el patriarca.
A veces suprimían el titulo de "el tío" , como
el Ruecas, el Melenas, el Trinchel, el Judas o el Pilatos, el
Portugués, el Baldao, el Cintilla, el Hospiciano, el Sordito,
el Zambo, el Mudo, el Ciegalín, el Pedito, la Lairiñas, la
Hilaria, la Pipi, la Dientes, la Patorras, el Tiburcio, el
Ratina, el Sorra, el Pelón o el Chato, el Guindilla, el
Pirueño, el Trolio.
El pueblo jugaba con
los nombres de Manuel y Manolo, de José y Pepe: Manuel el Calzones,
Manuel el Barriga, Manuel el Crivero, Manuel el Saquero, Manolo
el Faíco, Manolo el Cazarratones, José el Manchao, José el Pina,
José el Montijo, José el Cuco, José el Pelayo, Pepe el de la
Cristina, Pepe el de Benedicto, Pepe el Grajo, Pepe el seis Dedos,
Pepe el de Serapio, pepe el Lagarto, Rosa la Berzas, Rosa la Gorda,
Rosa la Tirarira, Rosa la de Maximino, la tía Rosa la Cortinas,
la tía Rosa del tío Malasangre, Tere la Anguila, Tere la
Farruca, Tere la Pitaña (las tres de Las Eras), Ángel el
Farruco, Ángel el Menor, Ángel el Canela, Ángel el Tara, Felipe
el Grajo, Felipe el Carpintero, Felipe el Mosca, Felipe el Perdío,
Felipe el Cortés...
Si el nombre propio era nada común, no necesitaba
distintivo, el tío Plácido, el tío Wenceslao, el tío Paulo,
la tía Anita, la tía Escolástica,. A veces la personalidad de la mujer era tan fuerte que ella transmitía su apodo a la descendencia, como la
tía Petrona, la tía Trinidad, o si prevalecían las mujeres, como las
Chunchunas, las Veterinarias, las Estanqueras. Las había con fama de brujas como la
tía Eudoxia, la tía Remellona, la tía Zangarrina.
Y ¿ qué mote heredaron los hijos, el del padre o el de la madre?
¿Por qué Tito el Veleto y no el Grajo? ¿por qué Elías el Mosca, siendo hermano de
Leonardo Pina? Los rapaces utilizaban los apodos como balas de fogueo en sus refriegas.
Lo malo, no eran los motes en sí, muchos sin significado, lo peor era la rabia, esa salsa rábica de ajo y guindilla que era pulla o el condimento picante para insultar. Claro que el contrario contestaba con los mismos aliños rábicos. ¿Y
cuándo se insultaban dos primos? Entonces había que lanzar flechas de distinto color. Entre
Tirariras había Meregildos y entre Pinas zumbaban las Moscas.
De todo este bosque de apodos apenas quedan ejemplares con rancia solera. El paso de la guadaña por los vergeles de Mieza ha segado este bosque de apodos quedando como un campo quemado. Retrocedo a lo años
cuarenta y me sitúo en Las Eras, a la puerta de la casa de mi madre,
la tía Antonia la Viuda, mujer fuerte entre las que ha habido, y este era el
panorama: a mi izquierda vivía un carabinero, el Sr. Santos, cruzamos la
calle y allí estaba el tío Sandalio, después un colagón
adonde se tiraban los changarros y que por abajo tenía una
pequeña tronera por donde entraban los rapaces a cagar,
continuaba la tía Menora. Cruzamos la colaga San Miguel y nos encontramos con los Moizos, las
Cacicas, el tío Rubio y el tío Hipólito. Atravesamos el Camino la Zarza sobre las lanchas de una tronera y nos encontramos con los
Paulinos o Mazorcas o Casacas y el tío Pesetas. Al lado estaba la tía Cagandanda y todo el resto de esta manzana eran cuadras o casitas para guardar
ganado. Por la parte de atrás, en la carretera, estaban la tía
Isabel la Tamborilera y frente el tío Merino, el tío Saquero, el
Zurdo, Agapito el Mosca, Josefa la Anguila , y la señora Rosario. Cruzamos la carretera sobre otra tronera y
está la casa del tío Cacique, la tía Calderera, Federico el Cantarranas, el tío Andrés el
Tararo y cerraba el círculo Santiago el Sastre. Dentro de este círculo de
Las Eras o Plaza del Humilladero, está el Frontón del Santo
Cristo o El juego Pelota y en medio de esta soleada y tranquila plaza y al lado dos grandes acacias, el
Pilar, que limpiaba la tía Sebastiana, previo arremangue de sus jaramandeles saya y refajo.
Aquí venían todos los vecinos de Las Eras con cantaras a buscar el agua
de arriba, de los caños, para beber y de abajo con calderetas de hojalata para lavar la pucha a las aceitunas, tinajas y toneles y con aguaderas para regar las colinas.
Aquí abrevaban mulos, vacas y burros, tanto por las mañanas al iniciar la tarea, como al retomar por las tardes; era la taberna o punto de encuentro de las
caballerías: bramidos, rebuznos, relinchos, balidos, voces..... Un poco mas
pabajo estaba el caño de la tía Teresa del tío Aniceto.
¿En qué se parece este paisaje al actual? Familias, casas, acacias, colagones y troneras han sido borradas de esta plaza. Y este repaso podría hacerse de muchas calles y rincones del
lugar. ¿Es triste todo esto? Es la evolución de la vida. Y esta evolución ha sido de vértigo en la segunda mitad del siglo pasado y a la que hemos contribuido todos, a veces como desertores del pueblo. Nosotros somos el eslabón que ha sufrido esta rápida
evolución que parece de siglos y sin embargo es de ayer, de hace sesenta años ¿Quién no guarda hoy con mimo la
fotografía de la abuela o de la casa del abuelo? ¿Por qué no hacer lo mismo con los motes, tratados con el máximo respeto. Ya son historia.
Los motes son como los viejos cacharros o aperos del abuelo, hoy tan estimados. También son cultura.
"Al sotro" día así hablaban el tío
Antaño y el joven Hogaño:
- Pero muchos de aquellos montes ya se habrán
perdido - inquirió el joven Hogaño-.
- Pues sí - contestó el tío Antaño.- Esta costumbre de motejar se ha perdido y hoy las referencias se hacen a los padres, esposas, o maridos. Pero los motejados reviven cada vez que los nombramos.
Y pasaron los días, pasaron los meses, pasaron los años y la
tía Muerte pasó su esponja sobre el encerado de Mieza y borró
llevándose en el viento las cenizas de los humanos con sus motes y con estos sus historias.
Son hojas que el vendaval arrancó de nuestro árbol y ya están arremolinadas y asentadas en el
Campo Santo descansando a la sombra del Árbol de la Virgen. Pero hubo mote
que siempre me dio que pensar.
- ¿Cuál?, - preguntó el Hogaño.-
El tío Catadios. ¿Por qué se lo pondrían... ?. Tal vez dijo que él a Dios no lo cataba, o sí lo cataba. Un viejo me dijo una vez: "Siempre hay un dios que mata al hombre". ¿Querría decir con esto
simplemente que el hombre es mortal...?
Mi recuerdo muy respetuoso a todos aquellos "tíos... y tías...", portadores que sobrellevaron la cruz de estos apodos, porque en cada uno de ellos hubo un corazón que latió emociones. Si alguien se siente ofendido en lo más mínimo, aquí y ahora le pido disculpas. Simplemente he querido reseñar este fenómeno social del motejo que merece un estudio más amplio. ¡Ojalá siempre hubiese un nieto o una tátara.... tátara.... tataranieta que recordase: "yo tuve un abuelo en Mieza que lo llamaban el tío........." y en las
Relaciones de la fiesta de la Virgen del Amparo le dedicase:
"a mi abuelo el mayordomo , el tío ..."!
Todos estos motes, y otros que quedan en el baúl de la discreción, son
relicario para la generación de hoy, pero con nosotros, el
último eslabón, se irá su último recuerdo y mañana, cuando todos
nosotros también hayamos sido aventados en la parva del tiempo, ellos estarán en el fondo del mar del olvido. Y a ver
quién hace de juez que firme la sentencia que condena al olvido a todas esta generación que vivió hace apenas medio siglo.
Pues hoy, de este recuerdo, hagamos historia para mañana. Pero, ¡callad!,,, la campanas
están tocando a encordar... y es por ellos... por todos estos...
Memento, Domine. El recuerdo de los muertos es historia si aquel pervive en la memoria de los vivos.
VENANCIO
PASCUA VICENTE
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