Mieza a


 recuerdos entrañables  

 EL MOLINO DEL ACEITE

   Aunque la mayor parte de la aceituna se recogía temprano y verde para aderezarla y venderla, como ya nos dijo en su relato sobre este mismo tema D. Marcelino en el programa de fiestas de 1995, era tanta la que había algunos años que todavía quedaba para la elaboración del aceite. Además, como nada se desperdiciaba, la que había caído al suelo estaba arrugada y no servía para la venta, se aprovechaba para el aceite. ¿Qué aceite podía salir de esta materia si, como dice el refrán: por Santa Lucía (13 de diciembre) sube el aceite a la oliva?

   Mientras los mayores trabajaban duro y sin descanso en la molienda de la aceituna, el transporte de la pulpa resultante y su prensado, los rapaces disfrutábamos de lo lindo acarreando el mulo que movía las pesadas ruedas de piedra del molino o jugábamos al escondite entre los aperos y la leña.

   Otras veces, los más voluntariosos, queríamos imitar a los mayores y nos agarrábamos con todas nuestras fuerzas de críos a la rueda que movía el sin fin de la prensa, intentando que girara siquiera un poquito. Luego observábamos el movimiento rítmico de los forzudos brazos de los hombres que sí movían la maquinaria haciendo su efecto sobre los capachos llenos de pulpa de la aceituna molida. A raudales fluía de ellos el alpechín con el que se mezclaba el más que dorado verde aceite llevado por una canaleta hasta unas tinajas de piedra. Por la diferencia de peso y la imposibilidad de mezclarse, el alpechín se evacuaba al arroyo del pueblo y el aceite se recogía en la otra tinaja. Esta operación la alumbraba un gran candil con un trapo por pabilo y que era alimentado con el aceite que iba saliendo.

   Al otro lado se encontraba el gran fogón y encima empotrados dos enormes calderas de cobre siempre con agua hirviendo. Con la gran hoguera del fogón se cocía además el aceite que iba saliendo para así librarlo algo de su mucha acidez e impurezas. En ella se metían hermosas rebanadas de pan artesano y se hacían las tostadas que luego se comían untadas con azúcar o miel, merienda muy esperada por los rapaces que corríamos por allí.

   Se trabajaba prácticamente de día y de noche durante este tiempo de faena. Cada propietario de aceituna recibía de antemano un número de orden, generalmente conseguido mediante un previo sorteo, dispuesto y atento para cuando le tocara. Como resultado de toda la operación quedaba el “brujo (¿orujo?)” que en los “esnales” era llevado a casa para alimentar por una temporada a los cerdos de engorde.

   Vaya entonces nuestro recuerdo en estas fiestas para todos aquellos que trabajaron en esta faena y que la pueden explicar mejor que yo, los que aún viven. Ahí queda todavía el edificio como testigo fiel de lo que digo porque la actividad de la elaboración del aceite ya hace tiempo que se perdió junto con otras como la siega, la trilla, etc., etc.

ÁNGEL "EL CLAUDINO"



volver